En la mente del principiante hay muchas posibilidades, en la del experto hay pocas

Hace unos meses tuve el honor de poder practicar meditación zen durante unas horas en un templo al que normalmente solo tienen acceso monjes budistas.

Después de la práctica de la meditación, y de ser golpeado con una vara (keisaku) en el hombro cada vez que me desconcertaba, tuve que limpiar el suelo. Era una sala grande, de unos 50 metros cuadrados. Para limpiarla, solo me dieron un trapo blanco. Tuve que arrodillarme y pasarme un rato frotando el suelo de madera.

El suelo ya estaba impoluto, pero el objetivo de limpiar no es solo eliminar la suciedad. Se trata también de un acto que transforma a la persona que lo lleva a cabo. Conforme limpiaba el suelo, no pude evitar recordar la famosa escena de la primera película de Karate Kid, en la que la primera lección que tenía que superar el alumno era la de: dar cera, pulir cera.

No sé hasta qué punto ser golpeado por una vara y haber pulido un suelo que ya estaba limpio me transformó, pero fue una experiencia meses después todavía me hace reflexionar.

El monje que me golpeó con la vara me escribió un email hace unos días. Me contó, entre otras cosas, que la sala que estuve frotando con el trapo fue el lugar donde aprendió a meditar el famoso D. T. Suzuki hace ya más de un siglo. D. T. Suzuki es una auténtica leyenda, fue el primer japonés que escribió sobre el zen para audiencias internacionales. La máxima suya que más me gusta es:

«En la mente del principiante hay muchas posibilidades, en la del experto hay pocas».

Esta frase encapsula la idea principal del shoshin (初心), el «corazón de principiante». Cuanto más expertos somos en algo, más importante es mantener el espíritu y actitud del primer día. Si nos olvidamos de ello, caeremos en las garras de la rigidez y bagaje de todo lo que hemos ido aprendiendo durante años.

Consideración por las molestias que podrías causar a los demás

Observad esta foto. Han puesto unos andamios en un edificio porque van a limpiar y pintar la fachada. También han cubierto todo con una red para que no salte polvo ni suciedad a la calle.

Y el detalle final es que han avisado al vecindario y han cubierto incluso los coches de los edificios colindantes.

Seguramente no salte pintura ni polvo hacia los coches que están en primer plano en la foto, pero aun así, por si acaso, los han tapado. La cultura japonesa tiende a ser más precavida de lo necesario, porque busca a toda costa evitar causar molestias a los demás (meiwaku).

El gesto de amabilidad de tapar los coches (aunque no fuera necesario) es lo importante.

Dios está en los detalles

En el primer capítulo de mi libro La Magia de Japón filosofé sobre el significado del refrán japonés kami wa saibu ni yadoru 神は細部に宿る, el cual se podría traducir como «los kami (espíritus o dioses) habitan en los detalles».

Esta expresión resume muchos aspectos del comportamiento y actitud de los japoneses al enfrentarse a una tarea. Así como en otras culturas «negativizamos» lo pequeño diciendo «el diablo está en los detalles» o «la trampa está en la letra pequeña», la mente japonesa se enfrenta «a lo pequeño» con una actitud más positiva.

Cerca de nuestra casa en Okinawa hay una calle peatonal cubierta de césped. No es muy larga, pero me gusta pasar por ella todos los días.

Los propietarios de cada casa cuidan del trozo de césped que está frente a sus casas. Lo interesante es que nadie utiliza máquinas cortadoras de césped. Algunos se sientan, otros se ponen de cuclillas, otros se arrodillan, y con unas tijeras o una pequeña herramienta con forma de guadaña, van cortando la hierba poco a poco. Este hombre de la foto estuvo una semana entera trabajando en el trozo frente a su casa.

Cuando le pregunté, me dijo que haciéndolo a mano puede elegir cortar de raíz las hierbas malas y dejar que las buenas crezcan con libertad.

Me piden permiso para ponerse las gafas de sol

Japón es un lugar que alimenta mi curiosidad. Ya llevo más de 22 años aquí, pero sigo sorprendiéndome y aprendiendo cada día.

Hoy un taxista me pidió permiso para ponerse gafas de sol. Esto es lo que me dijo exactamente: “Mis disculpas, pero el sol me está cegando, y creo que es mejor si me pongo gafas de sol. ¿Te parece bien si me pongo las gafas de sol aunque ya haya puesto en marcha el coche y estemos a medio camino hacia tu destino?”. Sorprendido ante la pregunta, yo le dije que se podía poner las gafas de sol y para mis adentros me dije «¡No hace falta que me pidas permiso!».

Observé cómo condujo pacientemente hasta llegar a un semáforo donde sacó las gafas de la guantera y se las puso. ¿Me pidió permiso porque consideraba peligroso quitar una mano del volante para alcanzar las gafas? ¿O quizás le resultó descortés ocultar sus ojos?

Aunque esto de las gafas es la primera vez que me ocurre, sí que son muchos los taxistas que te preguntan si deseas cambiar la temperatura del aire acondicionado o la música en el interior del coche. Es parte de la cultura del omotenashi (hacer todo lo posible para que el cliente esté a gusto).

¿Por qué creéis que me pidió permiso para ponerse las gafas e sol?

Taxis y ganchillo

En mi novela La Era de la Eternidad, publicada en inglés como Kyoto Eternity, cuando el protagonista llega a Kioto se sube a un taxi para desplazarse desde la estación hasta su alojamiento. En un párrafo describo la escena del trayecto en taxi y explico el detalle del reposacabezas de los asientos cubierto con fundas de ganchillo.

Cuando escribí este pasaje no le di mucha importancia, sin embargo muchos lectores que han viajado a Japón me han enviado emails después de leer la novela simplemente para comentarme que ese simple detalle del ganchillo en los taxis les produjo nostalgia, haciéndoles sentir como si estuvieran de nuevo viajando por el país.

Con la llegada de taxis más modernos, sobre todo en Tokio, cada vez se ven menos los adornos de ganchillo blanco. Estas son unas fotos que he sacado hace poco en taxis de Yamanashi y Okinawa.

Fūrin 風鈴

Después de dar vueltas con el coche, subir con un teleférico a una cima y pasear por el borde de un río disfrutando del fresquito generado por las cascadas, a mí me apetecía ya conducir de vuelta hacia Kofu. Pero Tsuchiya propuso seguir subiendo por la carretera hasta un santuario sintoísta. Seguir montaña arriba fue un gran acierto, pudimos visitar el santuario prácticamente en solitario, y lo mejor de todo es que estaba adornado con centenares de fūrin.

El fūrin 風鈴 es uno de mis símbolos veraniegos japoneses favoritos. Son campanitas originarias de China, y se cree que son capaces de ahuyentar los malos espíritus.

Según los japoneses, escuchar el tintineo de los fūrin tiene un efecto «sugestivo refrescante». Quizás es porque aunque haga mucho calor, al oír las campanillas eres más consciente de que hace algo de brisa.

Por la carretera tuve que frenar para dejar pasar a un kitsune 狐 (zorro japonés). Cruzarse con un zorro está considerado como un presagio de buena suerte y prosperidad porque son mensajeros de la deidad Inari.