Meiji Jingu – Mi constante en la eternidad

Hoy cumplo 16 años en Japón.

¿Has sentido alguna vez vértigo de la vida?
Miras al pasado y al futuro y sientes el corazón encogerse, no sabes a dónde agarrarte para no caer en un abismo de angustia existencial.

Una o dos décadas han pasado volando y te das cuenta de que las siguientes también se esfumarán y todo lo que quedarán serán recuerdos similares a la reminiscencia efímera del resplandor de una vela que se acaba de apagar.

Me imaginé estrellas de colores flotando en el cielo,
cayendo hasta terminar adornando el jardín interior del santuario,
dando pinceladas de violeta, púrpura y blanco a los verdes del paisaje.

No eran estrellas, eran flores de iris.

Corría una brisa ligera, llevándose con ella algunos pétalos.

Crucé el campo de iris hacia la fuente de Kiyomasa y comencé a sentir mono no aware (物の哀れ), una punzada de melancolía, el tiempo vuela tanto para las flores como para el resto de nosotros.

La flor de iris japónica (originaria de Japón y china) es bella pero frágil y efímera, evoca ichigo ichie y son muchos los/as poetas japoneses que se han inspirado en ella.

«Temblando,
en medio del césped,
las iris florecen.»
– Kobayashi Issa

Este jardín de iris era uno de los lugares favoritos del Emperador Meiji y la Emperatriz Shoken para pasear a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Tras la muerte del Emperador Meiji en 1912, el gobierno japonés decidió erigir un santuario en su honor llamado Meiji Jingu 明治神宮. El plan fue rodear el jardín de iris con el recinto del nuevo santuario. Se terminó de contruir en el noviembre del 1920. Escribo esto en verano del 2020. Meiji Jingu, con las flores de iris en el centro, cumplirá los cien años dentro de poco.

Me pregunto qué sentían el Emperador y la Emperatriz cuando paseaban por el mismo paisaje, contemplando los violetas intensos, casi de amatista de las iris.

Fuente de Kiyomasa. El agua surge desde abajo, de entre las piedras rodeadas por el cilindro.

Después de lavarme las manos en el agua de la fuente de Kiyomasa, la cual dicen muchos que es un «power spot» (パワースポット: localización con poderes de curación) conectado por líneas invisibles de energía al Monte Fuji, salí del jardín de iris. Luego crucé una puerta torii y el portal Minami-Shinmon para entrar en el recinto principal de Meiji Jingu y dar una vuelta por su interior antes de volver a casa.

Han pasado unos meses desde mi paseo entre las estrellas caídas, que ahora y ya no están, hay que esperar a que llegue el final de la próxima primavera para ver las iris otra vez.

Hoy vuelvo al santuario. No hay nadie, solo los cuervos y yo. Enseguida entro en un estado reflexivo y quasi-meditativo.

Cruzo las puertas torii y paro un instante a contemplar la nobleza de la madera de sus vigas. La textura y color es similar a la de los troncos de los árboles vivos que me rodean. El bosque es denso y frondoso, cada árbol parece querer imponer su elegancia única y el musgo oscuro cubre la cara norte de cada tronco.

Me lavo las manos en el temizuya especial que han preparado para tiempos de covid-19 y me paro a leer un letrero que explica que se están preparando para las celebraciones del centésimo aniversario. Pero resulta que el santuario en el que estoy ahora ya no es el que se construyó para conmemorar la muerte del Emperador Meiji, el original fue completamente reducido a cenizas por bombarderos B-29 estadounidenses en 1945. La iteración actual fue una reconstrucción que terminó en 1958 siguiendo el mismo estilo arquitectónico original nagare-zukuri 流造 y usando los mismos materiales: ciprés japonés y cobre para techos y adornos.

Si fue destruido en la guerra,
¿qué es pues lo que cumple 100 años?

La foto de la izquierda fue tomada el día de la inauguración en noviembre de 1920, la otra fue tomada en diciembre del 2019 (Última celebración de hatsumode antes de covid-19. Y la «meta-foto» que veis aquí la he sacado hoy cuando se despejó el cielo.

Para mí el santuario de Meiji Jingu cumple hoy 16 años.

Aterricé en Japón el 31 de agosto del 2004 y al día siguiente, di mi primer paseo por Meiji Jingu. Lo disfruté mucho. Capturé multitud de fotos, todas ellas con mentalidad de turista, posando delante de las puertas torii sonriendo y sacando pecho tal que si fuera algo único que solo iba a tener la oportunidad de visitar una vez en la vida.

¡Qué equivocado estaba!

Ironías de la vida, el destino quiso que por unas razones u otras, las oficinas donde trabajé en Tokio y los lugares donde residí estuvieron siempre en barrios cercanos a Meiji Jingu. El factor cercanía combinado con mi afición a pasear me ha llevado a explorar este santuario sintoísta centenares de veces. Es mi sitio favorito para reconectar con la naturaleza.

Poco a poco Meiji Jingu se convirtió en una constante que añade estabilidad y ayuda a centrar mi vida en esos momentos en los que siento atisbos de vértigo existencial. Mis paseos por Meiji Jingu son ahora mi tradición o ritual personal, al igual que lo fueron los paseos de las cinco de la tarde de Immanuel Kant por Königsberg.

¿Qué habría pensado mi «yo de 23 años» el 1 de septiembre del 2004 si hubiera podido ver mi «yo de 39 años» de hoy (1 de septiembre del 2020) a través de una máquina del tiempo paseando por el mimo lugar?

Conozco muchas caras de Meiji Jingu, una de mis favoritas es verlo vestido de blanco en inverno a las 6~7 de la mañana.

En el capítulo The Constant (La constante) de la serie Lost (Perdidos), la consciencia de Desmond salta temporalmente alternando entre el 1996 y el 2004. ¿Cómo puede estabilizar estos saltos en el tiempo que lo están volviendo loco? Desmond debe encontrar su constante. En su caso termina definiendo su constante en el amor de Penny. Una vez consigue contactar con ella, con su constante, el «túnel temporal» desaparece y la mente de Desmond deja de saltar en el tiempo.

Gracias a don.robot por la camiseta de Desmond.

Me es difícil elegir una sola constante, tal y hizo Desmond en Lost. Pero si mi vida fuera una ecuación, Meiji Jingu sería una constante con mucho peso. Este lugar es un ingrediente que por alguna razón misteriosa siempre ha estado conmigo desde el primer día que llegué a Japón.

Afortunadamente, yo no sufro de problemas de saltos temporales como le sucede a Desmond, pero cuando noto que me siento abrumado por preocupaciones, necesito espacio para reflexionar o siento inquietud en general; tiendo a terminar cruzando las puertas torii dejándome abrazar por la naturaleza que lo rodea. Pasear por Meiji Jingu es mi terapia, es una constante importante que me calma y me ayuda a integrar mis pensamientos.

¿Cuál es la constante de Meiji Jingu? ¿Cuál es la esencia de este lugar que no cambia aunque sea reconstruido?

Vicente Blasco Ibáñez dio la vuelta al mundo hace cien años en un crucero. En el año 1923 su barco atracó en Yokohama, y pasó unas semanas visitando Japón.

Blasco Ibáñez escribió (La negrita es mía):

«Seguimos una avenida solitaria, en la que trabajan algunos barrenderos vestidos de quimono. Todos mueven a un tiempo, con militar precisión, sus escobas de ramaje, amontonando las hojas secas. El sol está muy alto, y únicamente a esta hora casi meridiana consigue pasar como una lluvia finísima entre el follaje de los cedros japoneses.»

En mi paseo de hoy por Meiji Jingu, mi ojo busca fotografías para ilustrar las palabras de Blasco Ibáñez. Estas dos fotos que acabo de capturar podrían servir de ilustraciones acompañando las palabras de Ibáñez si no fuera porque el barrendero lleva vestimentas modernas y ambos cubren sus caras con mascarillas.

Un hilo conductor invisible parece conectar el Japón del pasado, por el que pasearon el Emperador y Emperatriz Meiji, el que visitó algo más tarde Ibáñez y el del presente en el que estoy yo ahora.

El bosque que rodea a Meiji Jingu va renaciendo, algunos de los árboles son centenarios, otros fueron plantados los últimos meses. Al igual que los árboles del bosque que lo rodean, el santuario también renació siendo reconstruido en 1958. El tejado, que estaba en malas condiciones, fue renovado hace poco. Todas las tejas de cobre fueron reemplazadas.

Va renovándose en ciclos gráciles sin importar que sea algo natural (El bosque y las flores) o lo artificial (Los edificios del santuario). Pero no son renovaciones abruptas, son sutiles, cuidando que la esencia se mantenga. Este efecto de «renovación manteniendo la esencia» es algo que el buen observador notará en prácticamente cualquier lugar de Japón (Excepto en ciertos puntos de Tokyo donde la modernidad está barriendo toda esencia del pasado).

El método de construcción, el mapa del recinto, la estructura y aspecto de los edificios, son iguales ahora que hace cien años. También las tradiciones y festivales que se celebran en él cumplen cien o incluso más años, ya han sido practicadas dentro de la tradición sintoísta desde hace miles de años, mucho antes de que Meiji Jingu se inaugurara.

La esencia de Meiji Jingu permanecerá, se renueva como un ave fénix, los que vamos cambiando somos nosotros, las generaciones de seres humanos que vamos visitando su recinto.

Meiji Jingu en el 1925, trece años después de la muerte del Emperador Meiji y dos años después de que Blasco Ibáñez visitara Japón.

Meiji Jingu en el 2008 fotografiado durante uno de mis paseos.

«Las vidas de los mortales son como las generaciones de hojas. Ahora el viento dispersa las hojas viejas por la tierra, ahora la madera viva deja paso a nuevos brotes y la primavera volverá a llegar. Lo mismo pasa con nosotros los seres humanos: una generación nace, y otra muere.»
– Homero en la Ilíada.

«La brisa te abraza a tí y a las hojas,
ahora vuelan con gentileza,
luego acariciarán las aguas del Tamagawa.»
– Este es un intento mio de escribir un poema cuando vivía cerca del Tamagawa.

El arte y las tradiciones son herramientas de las que disponemos los seres humanos, además de para retener sabiduría intergeneracional, también nos sirven para establecer constantes con las que desafiar el paso del tiempo ayudarnos a abrir brechas en el textura del espacio-tiempo donde podamos vislumbrar destellos evanescentes en la eternidad.

Un santuario, un templo, una catedral, una sinagoga, una mezquita, son todas ellas obras de arte que contienen tradición y sabiduría humana.

En occidente tendemos a construir edificios y obras de artes imponentes y resistentes al paso del tiempo. En cambio, en Japón quizás tengan más peso las tradiciones y las formas de hacer algo (Son más importantes los métodos de construcción que el edificio en sí), porque terremotos y desastres naturales tienden a destruirlo todo cada cierto tiempo.

Si bien los «ingredientes» de Meiji Jingu no son exactamente los mismos ahora que cuando se inauguró, las tradiciones y las «formas» que constituyen su «receta» original siguen siendo las mismas.

Una brisa ligera abanica las ramas de los árboles, dos cuervos me observan conforme salgo del santuario. Vuelvo a casa con las dos fotos en blanco y negro que he compartido más arriba, son mi intento artístico personal de crear grietas en el espacio-tiempo que me conecten con lo que sintieron el Emperador Meiji y Vicente Blasco Ibáñez al pasear por el mismo lugar.

Los paseos por Meiji Jingu son espejos de mi alma. Son una referencia que me sirve para reflexionar y comparar mis «yos» del pasado con el del presente.

¿Cuál es el espejo de tu alma?

La esencia de Meiji Jingu se mantiene aunque cambien los techos de cobre o las columnas de madera. La esencia de mi ser tampoco cambia, o eso quiero creer … ¿qué es lo que no ha cambiado del Héctor que caminaba por Meiji Jingu en 2004 y la versión actual de Héctor del 2020?

¿Cuál es tu constante o cuales son tus constantes en la vida?

¿Qué actividades, personas, lugares, valores, te ayudan a integrar pasado presente y futuro en un hilo conector?

¿Qué te ayuda a tener instantes de conexión con la eternidad?

«Cualquier momento puede ser el último.
Todo es más hermoso porque estamos condenados.
Nunca serás más adorable de lo que eres ahora.
Nunca estaremos aquí otra vez.”
– Homero, la Ilíada

«El eco de lo que hacemos ahora resuena en la eternidad.»
– Marco Aurelio, Meditaciones

«No hay nada que puedas ver
que no sea una flor,
no hay nada en lo que puedas pensar,
que no sea la luna.»
– Matsuo Basho

21 días en cuarentena voluntaria

Hace 21 días tomé la decisión voluntaria de encerrarme en casa con mi mujer. Somos muchos los que estamos haciendo lo mismo aquí en Tokio y otros lugares de Japón. Trabajar desde casa sin tener que ir a la oficina se está convirtiendo en la norma: oficinas, gimnasios, escuelas, edificios oficiales están cerrando u operando con servicios mínimos.

He notado que estar tanto tiempo encerrado afecta a mi estado anímico.

Estas son algunas de las prácticas que he comenzado a adoptar para llevar mejor este estilo de vida hasta que la amenaza del COVID2019 pase.

Trabajo:
– He creado un espacio dedicado en casa solo a trabajo. Tengo otro escritorio aparte que es el que uso siempre para escribir y leer.
– Para este nuevo espacio he comprado un «standing desk». Trabajo de pie todo el día.
– Para comunicarme con mis equipos utilizo Zoom para videoconferencia y Microsoft teams/Email para comunicación asíncrona. Hemos creado un sistema sencillo de check-ins y daily standups.
– Me fijo un horario en el que trabajo y cuando termino apago todo en mi zona de trabajo hasta al día siguiente.

Ejercicio:
– Hago al menos 30 minutos de ejercicio al día.
– La mayoría de mi ejercicio consiste en bodyweight training (ejercicios de peso corporal).
– Utilizo una estera de yoga, kettlbells y anillas.

Escribir:
– El aislamiento afecta a mi creatividad, no estoy inspirado y apenas escribo.
– Parece que el encierro me incita más a leer y ver películas que a escribir.

Família y amigos:
– He incrementado el tiempo que dedico a Whatsapp y Skype con familia y amigos.

Comida:
– He revisado todo el kit de supervivencia que tenemos para terremotos y emergencias similares.
– Compro por internet usando Amazon Fresh para comida y Amazon Pantry y Amazon Prime para otros. También estoy haciendo más compras de lo normal con Furusato Nozei.
– Dedico más tiempo de lo normal a cocinar nuevas recetas, intento comer algo delicioso cada día.

La única forma de parar COVID2019 es quedándonos quietos.

¿Cuales son vuestros consejos y trucos para llevar una vida saludable en aislamiento voluntario?

14 años en Japón – Hanzomon EXIT 5

Tokio, 31 de Agosto de 2004.

Una panda de veinticuatro ingenieros/as de lugares de Europa aterrizamos en Narita (Tokio). Tras un transbordo de tren llegamos a la estación de Hanzomon y subimos las escaleras hasta cruzar la EXIT 5 pisando por primera vez las calles de Tokio.

Recuerdo el calor agobiante, la humedad pegajosa y un olor misterioso y desconocido para mi en aquel momento. Ahora ya sé que es el olor inconfundible del verano japonés.

Minutos después, entramos a comprar comida y bebidas en un convinience store (Tienda 24 horas). Los empleados/as nos recibieron con varios "Irashaimase" a los que nosotros respondimos con un "Hello". Más tarde aprendimos que no hay que contestar al "Irashaimase" inicial que se suele usar en locales comerciales japoneses. Simplemente significa "Bienvenidos".

La novedad de estar en un convinience store japonés por primera vez nos tuvo entretenidos un rato largo. Parecíamos niños de pueblo que acaban de entrar por primera vez en una tienda de golosinas en la capital de provincia. Yo estaba tan desorientado que no supe qué comprar y salí de allí con las manos vacías.

Tokio, 31 de Agosto de 2018:

Hace unos meses cambié de empleo. Ahora trabajo en una multinacional estadounidense y resulta que mi nueva oficina está al lado de Hanzomon, estación que después de tantos años sin visitar había olvidado.

Salgo en busca de un convinience store a comprar algo de comer. Bajo por una calle con árboles que ayudan un poco con el calor sofocante que aplasta la ciudad.

Respiro hondo y huelo el pasado. Es el olor del verano japonés, que tiene el poder de transportar mi mente y corazón en un viaje de nostalgia por los 14 veranos que llevo viviendo en Tokio.

La calle de los árboles me conecta con las memorias de aquel primer día en Japón con tal intensidad que me resulta incómodo. Veo un convinience store detrás de uno de los árboles y mi intuición me dice que es el mismo al que entré aquel primer día nada más aterrizar. Entro en el convinience store y en menos de dos minutos ya estoy fuera con mi compra.

Camino un poco más y encuentro la EXIT 5 de Hanzomon, el portal por el que llegué a este extraño lugar llamado Japón hace 14 años.

Una de las grandes diferencias de mi "yo" del pasado y el del presente es que puedo entender el idioma. Es una de las claves que considero más importantes para comenzar a entender otra cultura.

Me paro a leer un panel de información al lado de la EXIT 5 de Hanzomon, aprendo que estoy paseándome por las calles de la "Ciudad de los samurái Ban":

Edo (Tokio), ~ 1610.

"Esta salida de la estación de Hanzomon, está localizada dentro del barrio Bancho 番町. Al este, colinda con el Palacio Imperial (Antiguo casitillo de Edo), al oeste, se extiende hasta Yotsuya.

Ieyasu Tokugawa (Primer shogun de la era Edo), tenía bajo su comando a los daibangumi 大番組, un grupo de militares samurái de alto rango. La mayoría de ellos se asentaron en cuarteles en esta zona y estaban dirigidos directamente por el shogun que vivía al lado en el castillo.

Este barrio tomó el nombre de los samurái daiBANgumi pasando a llamarse BANcho 番町. El primer caracter es el mismo que el Ban de los samurái daiBANgumi y el segundo significa pueblo o ciudad. Además de cuarteles militares, gracias a su situación extratégica, con el tiempo se fue transformando en una de las áreas más animadas de la ciudad."

Tokio, 31 de Agosto de 2018.

Un mapa muestra el aspecto de Bancho en el pasado, la cuadrícula de las calles es casi igual a la que me muestra Google Maps, apenas ha cambiado en estructura. Pero hoy en día, en vez de samurái caminando por calles de camino a sus cuarteles, lo que veo son salaryman y salarywoman saliendo y entrado por la EXIT 5 de camino a sus cuarteles oficinas.

Me apetece seguir paseando hasta el Palacio Imperial, donde ahora en vez de shogun tenemos un Emperador que se quiere retirar de su puesto. Dar la vuelta al Palacio Imperial es un paseo precioso que nunca me canso de repetir, especialmente cuando florece el sakura.

Pero no tengo tiempo para seguir paseando. Doy media vuelta y con mi katana bolsita de compra del convinience store en la mano vuelvo a mi cuartel oficina a servir al shogun a la economía japonesa mundial.

Cuando llegué con 23 años, la idea era pasar un año en Japón, pero el destino se enredó y aquí sigo. Cuando salí por la EXIT 5 de Hanzomon por primera vez me daba la sensación de que un año era múchísimo tiempo, ahora sé que uno, dos, tres… diez años… se esfuman en un parpadeo.

Un soplo de viento se ha llevado 14 años y muchas otras cosas.

Pero nadie me puede quitar mis bonitas memorias,
y el olor a verano japonés.

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Trivia para los expertos en Japón: Bancho es uno de los pocos lugares de Tokio en los que el barrio no se divide en 丁目, cada manzana tiene su nombre propio terminando en 番町.

Once veranos en Japón

Hoy se cumplen once años desde que aterricé por primera vez en Japón. Mis primeros recuerdos de la llegada se diluyen en los confines de mi mente convirtiéndose en impresiones que aparecen y desaparecen como luciérnagas en una noche veraniega. Como si fueran senko hanabis apagándose en mis manos recordándome la inevitabilidad del paso del tiempo.

v1 Chavales en Yoyogi jugando con senko hanabis

Dicen que si cambias de cultura cuando ya has vivido varias décadas nunca terminas de adaptarte. Puedes dominar a la perfección el idioma pero para conectar al 100% con los locales parece que es clave compartir experiencias desde el principio de nuestras vidas.

Los veranos en la casa de «mis abuelos» en el norte de Saitama o en las afueras de Nagoya en los años 80 y 90 nunca existieron, es algo que nunca compartiré con mis amigos japoneses. Ir a una escuela japonesa o a un instituto de secundaria es algo que solo viví a través de leer manga. La televisión y cultura popular de los 80 y 90 japonesas solo las puedo rememorar usando Youtube. Son cosas que nunca viviré.

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Así es el verano de los adolescentes japoneses visto a través del anime y videojuegos.

Pero no me importa, no cambiaría por nada del mundo mis recuerdos de los veranos Españoles. En las montañas en casa de mis abuelos, viendo capítulos de «Verano azul», quemándome en la playa, haciendo castillos de arena, viajando en un coche sin aire acondicionado, comprando el pan con 25 pesetas, haciendo amigos de verano, paseando por el campo con mi familia, tomando el aperitivo a mitad de mañana, la comida de la abuela, jugar con los prim@s…

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Así eran mis veranos en Calpe.

Prefiero no adaptarme nunca del todo y mantener una doble cultura o doble mente japonesa-española. Los últimos años he notado que mi vida de antes de Japón y la de ahora se van fusionando en una única entidad, poco a poco siento que no tengo la necesidad de separar en un antes y un después, que todo se convierte en un continuo de memorias que van conformando mi ser dual.

Recuerdo la sensación de mirar a través de la ventana en el tren de camino a Tokio y sentirme como un explorador avanzando por un territorio desconocido. Rememoro el instante en el que salimos a la calle de Tokio por primera vez y el terrorífico calor húmedo de Kanto penetró dentro mi piel. Recuerdo la extrañeza con la que respiré el olor del verano tokiota al que tan acostumbrado estoy ahora.

Llegué exausto a la residencia de empleados en Ogikubo, donde iba a pasar mi primera noche en Japón. Fujishiro me recibió con una sonrisa y me guió al salón comedor donde me sirvió un vaso enorme lleno de cubitos de hielo. Sentí frescor, alivio y relajación al ver que por fin había llegado a mi destino. Me senté en el tatami junto al vaso lleno de cubitos. Miré por la ventana al jardín cubierto por cañas de bambú.

Observaba a mi alrededor con la curiosidad de un niño, analizando todo lo que me rodeaba. Junto a la mesa había un revistero lleno de periódicos y revistas con chicas en bikini en las portadas. Un ventilador movía las hojas de las revistas cada vez que rotaba. Me pregunté si habría fotos en el interior pero más tarde descubrí que eran revistas con manga y las fotos de mujeres ligeras de ropa eran solo para llamar la atención.

Después de interminables horas de viaje y sudar como un cerdo caminando bajo el Sol, lo único que quería era algo para beber y meterme en la cama. Esperaba algo refrescante y dulce en aquel vaso lleno de cubitos. Pero Fujishiro trajo una botella de una especie café sin azúcar y con añadidos raros de esos que se inventan las embotelladoras japonesas.

Llenó mi vaso con el líquido oscuro que salía de aquella botella, tenía una pinta deliciosa. Pero di un sorbo y me supo a melocotón seco sin azúcar. ¡Puajjj! La decepción fue tal que aquel sorbo se ha convertido en el recuerdo que brilla con más fuerza dentro de mi de aquellas primeras horas japonesas. El poder del sabor de algo que no esperaba, de una experiencia y sensación nuevas y desconocidas es lo que se ha quedado conmigo.

Tenía tanta sed y Fujishiro me miraba como si estuviera esperando a que me terminara el café para guiarme hasta mi habitación que aun disgustándome el sabor me lo bebí entero. Como si fuera Neo tragando la pastilla roja delante de Morfeo.

Aquel café con hielo marcaba el final del viaje y el comienzo de mi vida en Tokio. Marcaba el principio de mi dualidad japonés-española.

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verano13Esta foto la tomé la primera vez que fui a una playa en Japón con mi camarita de HP de 2.1 megapíxeles.

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¡A disfrutar de las últimas tres semanas de verano, mi estación favorita del año!

Anotaciones relacionadas:

Diez años en Japón

Tal día como hoy hace diez años aterricé en Japón por primera vez. Dos de las preguntas que más me han hecho desde entonces son:

“¿Porqué viniste a Japón?” y “¿Vas a estar en Japón para siempre?”.

La primera me la suelen hacer japoneses/as, tienen curiosidad por saber qué tiene de especial Japón para que una persona venga desde tan lejos a vivir aquí. La segunda me la suelen hacer españoles/as y extranjeros que están de paso por Japón y tienen curiosidad por saber qué es lo que me mantiene atado a este lugar.

10years
Registro de mi llegada a Japón en septiembre del 2004

Me cuesta mucho responder ambas preguntas. A la primera respondo diciendo que desde niño siempre me atrajo la idea de visitar Japón, siempre quise conocer la cuna del manga y de la tecnología que invadía nuestras casas en los años 80-90. Pero realmente no fue una decisión consciente, simplemente me concedieron una beca y terminé aquí en Tokio. Si me hubieran dado una beca en Estados Unidos en vez de en Japón quizás estaría ahora escribiendo algo muy parecido pero con título “10 años en Estados Unidos”.

¿Sería mi vida muy diferente habiendo vivido estos 10 años en otro lugar? No lo creo, el lugar es un factor, pero no es lo más importante, hay otros factores que determinan mucho más quiénes somos y cómo somos. Lo que me quedo de estos 10 años no es lo especial que es esta ciudad llamada Tokio, son las personas que tengo a mi alrededor, las experiencias que he tenido con ellas y lo que he aprendido y creado con ellas.

Otros dicen que lo más importante es “estar en el lugar adecuado en el momento adecuado”, estoy de acuerdo, pero esto solo lo dicen aquellos que tuvieron la suerte de acertar o aquellos que se pasan la vida en una búsqueda continua por conseguir “tener éxito”. Tokio era el lugar adecuado para un ingeniero/extranjero en los años 80 pero ahora hay lugares mejores si lo que quieres es maximizar las probabilidades de “tener éxito”.

De los japoneses/as aprendí a ser más respetuoso y educado, a esforzarme más y tener paciencia, a ser extremadamente puntual, a prestar más atención a los detalles, a saber entender mejor una situación social sin comunicación verbal, a ser perseverante, a apreciar mejor obras de arte aparentemente “sencillas”, a disfrutar de la comida y sus sabores, a dar prioridad a la armonía de un grupo de personas antes que crear un conflicto, a ver el paso del tiempo como algo transitorio recordándome en cada momento lo importante que es el “ahora”.

La segunda pregunta “¿Vas a estar en Japón para siempre?” me cuesta incluso más de responder. Suelo responder con otras preguntas “¿Para ti, qué significa “siempre”?” o “¿Yo no se si estaré aquí para siempre, tu piensas estar en Madrid/Barcelona/Buenos Aires para siempre?”. No creo que esté en Japón para siempre, de hecho, dudo que escriba “20 años en Japón”. Quizás me equivoque y siga aquí en el 2024 😉 Pero me cuesta mucho planificar mi vida más allá de seis meses en el futuro así que mejor no me preocupo.

Lo único que se con seguridad es que voy a seguir mi pasión por aprender y descubrir, si me lleva a otro lugar bien, sino seguiré aquí en mi querida Tokio. Otra cosa que seguiré haciendo de aquí 10 años será seguir escribiendo en este blog. He conocido muchísima gente interesante y más de la mitad de mis amigos aquí en Tokio llegaron a mi vida de forma directa o indirecta a través de este pequeño lugar en Internet.

¡Gracias por acompañarme en esta aventura desde donde sea que estéis!

higgsfield
Foto de hace diez años vistiendo una camiseta japonesa en un «Higgs Field» en el CERN en Suiza.

cernjapon
Foto de hace unos días en un «Rice Field» vistiendo una camiseta del CERN con un dibujo de una simulación del descubrimiento del «Higgs Field».